XXXVII JORNADAS TRIBUTARIAS

Mar del Plata, 28,29 y 30 de noviembre de 2007.

Torres de Manantiales

COMISION N° 2

EVALUACIÓN  DE  LA  CALIDAD  Y  PRODUCTIVIDAD DE  LA  TIERRA

Ing. Agr.  Roberto  R.  Casas

Director del Centro de Investigación

de Recursos Naturales del INTA

Introducción 

                En los últimos años  se ha registrado un proceso de intensificación y expansión agrícola   en función de las nuevas tecnologías, del precio sostenido de los cereales y oleaginosas y del “desplazamiento” de las isohietas hacia el oeste, determinando la  irrupción de la agricultura en vastos sectores de la región  semiárida. Un relevamiento realizado a principios de la década del 90, muestra que un 20 por ciento del territorio nacional está afectado por procesos de erosión hídrica y eólica, lo cual representa unas 60 millones de hectáreas.   A su vez, las regiones áridas y semiáridas del país, que  cubren el 75 por ciento de la Argentina, poseen ecosistemas frágiles proclives a la desertificación.  Estas regiones, que abarcan el oeste y sur de nuestro territorio, poseen un 10 por ciento de su superficie con un grado de desertificación muy grave y 60 por ciento con un grado de moderado a grave, causada por el pastoreo excesivo y sobreuso de los recursos naturales  (Casas, 2000).

Evolución de la calidad del suelo en los agroecosistemas pampeanos

Efectos  de  la intensificación  y  expansión  productiva

Las estadísticas oficiales señalan que mientras que en el período 1955 – 2005 la superficie cultivada pasó de 18 a 28 millones de hectáreas, la producción de granos se incrementó de 20 a 74 millones de toneladas (Cuadro 1). Ello significa un importante aumento de los rendimientos por unidad de superficie pero que aún  dista  de ser el ideal, subsistiendo   una importante brecha productiva. En ese mismo período el  consumo de fertilizantes pasó de 50 mil  toneladas a 2,5 millones de toneladas, incremento que  pese a ser importante, solamente cubre alrededor de un 30 porciento de los  nutrientes extraídos por los cultivos. En la actualidad se cultivan se cultivan unas 30 millones de hectáreas con una producción superior a las 90 millones de toneladas y un consumo de fertilizantes de 3.1 millones de toneladas.

Cuadro 1.  Evolución  de  la superficie cultivada, producción  de  granos  y  consumo  de  fertilizantes  en  el  país,  en los últimos  50  años

La intensificación productiva registrada en la Región Pampeana sin las rotaciones adecuadas ni los niveles de reposición de nutrientes necesarios, determinó la disminución paulatina de la calidad de los suelos, situación que puede observarse en el Cuadro 2. Este “subsidio”  que la riqueza natural de los suelos otorga al usuario de la tierra y al estado no es otra cosa que una pérdida  paulatina del capital suelo.

  Cuadro 2.  Evolución de algunos parámetros edáficos  en suelos de la Región Pampeana (valores promedios).

Los factores primarios vinculados al manejo que influyen sobre la productividad  del suelo son: contenido de materia orgánica, fertilidad, erosión y profundidad del horizonte superficial (Irurtia y Mon, 2000).  Al analizar la distribución de la materia orgánica del suelo en la década del 60’, se observa que el contenido medio en el  norte de la Provincia de Buenos Aires, sur de Santa Fe y sudeste de Córdoba  variaba entre 4 y 3 por ciento, correspondiendo los valores más altos al sector oriental, disminuyendo hacia el oeste. Un nuevo estudio  efectuado por el Instituto de Suelos del INTA en la década del 80’ muestra contenidos medios entre el 3,3  y 2 por ciento para los mismos sectores evaluados ( Michelena y col, 1989).

Hasta ahora el crecimiento de la producción se logró  en base a las nuevas tecnologías, a un creciente nivel de manejo de conocimientos e información por parte de productores y técnicos, y a la capacidad productiva de las tierras. Sin embargo, la calidad natural de nuestros suelos tiene límites, sobrepasados los cuales, la vulnerabilidad de los mismos se vuelve crítica.  Si a manera de ejemplo se analiza el consumo  anual de nutrientes por los cultivos, se observa que ronda los 4 millones de toneladas, mientras que la reposición es ligeramente superior al millón de toneladas de nutrientes al año (equivalente a unos 2,5 millones de toneladas de fertilizantes).  Esta simple ecuación indica un nivel de reposición que varía entre el 25 y 30 por ciento, con un balance negativo que seguramente condicionará las metas productivas a nivel nacional.

Las máximas tasas de extracción de nutrientes se dan en el área núcleo   (norte de Buenos Aires, sur de Santa Fe y sudeste de Córdoba) y en el centro y norte de Córdoba. En  estos sectores,  computando la extracción efectuada anualmente por los cultivos de trigo, soja, maíz y girasol, se extraen en promedio entre 14 y 21 kilogramos de fósforo por hectárea, 10 a 14 kg/ha de azufre y 6 a 8 kg/ha de calcio . La falta de reposición de este nutriente y la elevada extracción de bases por los cultivos está aumentando la susceptibilidad de los suelos a la acidificación, que alcanza su máxima expresión en el área  núcleo pampeana, especialmente en el norte de Buenos Aires (Cruzate y Casas, 2003). Una estimación del volumen total de fósforo exportado por la producción de soja en el período 1996/2006, expresado en toneladas de superfosfato triple, alcanza 7,6 toneladas de fósforo, siendo el costo toral de reposición de 2300 millones de dólares (Trigo y Cap, 2006).

Pero  así como la agricultura “extractiva” genera procesos degradatorios que conducen a la pérdida de calidad de los suelos existen. conocimientos y tecnologías suficientes para implementar sistemas productivos  que preserven o mejoren las propiedades del suelo. La siembra directa basa su buen funcionamiento en la existencia de una cobertura completa del suelo con rastrojos de cultivos que se mantenga a lo largo del año.  Mediciones efectuadas en parcelas de erosión y con simuladores de lluvia en  sistemas de siembra directa con rotación de cultivos, señalan pérdidas de suelo anuales inferiores a 2 toneladas /hectárea, que se ubican muy por debajo de las pérdidas tolerables.  La rotación de cultivos con inclusión de gramíneas, genera en algunos años un balance positivo del carbono del suelo que se traduce en un incremento de lamateria orgánica y mejora de la condición estructural del suelo.  Evaluaciones efectuadas en el sur de Santa Fé y sudeste de Córdoba permitieron medir tasas anuales de incremento de carbono orgánico entre 0,7 y 1,2 /Toneladas/hectárea en lotes con 8 á 10 años de siembra directa.  Esta situación, puede conducir a aumentos de la materia orgánica del suelo variables entre 0,5 y 1 por ciento en dicho período hasta 15 centímetros de profundidad, dependiendo de las características del suelo (textura, densidad aparente, etc) y del manejo del sistema (rotación específica y niveles de fertilización empleados).  El aporte de residuos orgánicos y mantenimiento de un balance positivo de carbono en el suelo, es particularmente importante en siembra directa, ya que de él depende la actividad biológica global que a su vez condiciona la porosidad, agregación y capacidad de almacenaje  de agua (Casas, 2000).

Uso del suelo y preservación de sus propiedades

Tal lo analizado  anteriormente se han registrado distintos ciclos de la agricultura nacional donde alternaron etapas en las cuales predominó la pérdida de calidad de los suelos, con otras correspondientes a un aumento o mejora de la calidad.  Una de las conclusiones de este análisis permiten visualizar que el proceso de disminución de la calidad o “ agotamiento” de las propiedades del suelo cuando se maneja dentro de ciertos márgenes y sin alcanzar un punto de vulnerabilidad crítica es totalmente reversible y recuperable.  Obviamente excluimos de este análisis aquellos procesos extremos como por ejemplo, la erosión grave con formación de cárcavas o médanos (según sea de origen hídrica o eólica respectivamente) que determinan la destrucción casi completa del suelo, o que tornan económicamente  impracticable  su  recuperación.

Técnicamente es difícil justificar el agotamiento o degradación del suelo en función de que existen conocimientos  y  modernas tecnologías de uso extensivo que relativizan o impiden llegar a dicha situación.  Por  lo tanto, algunos conceptos acerca de la pérdida de valor de la tierra por el uso, o por la aplicación de técnicas agronómicas inadecuadas, han perdido consistencia a la luz de las nuevas tecnologías que permiten incluso mejorar la calidad del recurso. Los elevados precios actuales de la tierra y de los productos determinan un interés creciente por parte de los productores de conservar la “fábrica” productiva o sea el suelo, con sistemas adecuados restituyendo los nutrientes necesarios para mantener o incrementar su productividad en forma sustentable.  El concepto  de sustentabilidad  se relaciona principalmente con el mantenimiento de la integridad y funcionalidad del suelo en el largo plazo.

En los últimos años se registran en el medio rural productivo nuevas formas organizativas de producción que modifican  el sistema de tenencia de la tierra.  La figura del arrendamiento de corto plazo y del pool de siembra, han creado un nuevo escenario de importancia creciente.  Esta situación ha impactado en la estructura social contribuyendo al éxodo de la población rural hacia los núcleos urbanos y también sobre la conservación de los suelos y los recursos naturales.

La modalidad de los arrendamientos de corto plazo plantea una disociación con la sustentabilidad de la producción.  Los contratos de  alquiler a un año y en quintales fijos de soja determinan la necesidad de maximizar el retorno de lo invertido postergando así la planificación que debería incluir la rotación de cultivos y la fertilización estratégica (AAPRESID, 2006). Se corre el riesgo así de degradar el suelo luego de varios años de mantener esta modalidad productiva, en la cual el dueño de la tierra no estaría considerando en su tributación el deterioro paultatino del capital suelo que podría ocurrir. Se debe tender a establecer contratos de arrendamientos de largo plazo (por ejemplo de 5 á 6 años) y que incluyan el compromiso del  usuario de la tierra de introducir buenas prácticas de manejo del suelo.

El concepto de amortización no correspondería aplicarlo a los suelos productivos ya que por un lado se trata de un recurso natural renovable cuya degradación se puede prevenir y por otro, se correrá el riesgo de desincentivar las iniciativas de protección del recurso ante la posibilidad de una desgravación anual.  La conservación del suelo implica una concepción ética de alcance social e intergeneracional de cumplimiento obligatorio que consagra el capítulo segundo de la Constitución Nacional.

Por lo tanto cuando nos referimos a la disminución de nutrientes del suelo, o de la materia orgánica o de su pérdida de estructura, estamos frente a un costo social, denominado así porque éstas propiedades del suelo no pertenecen ni al propietario de la tierra, ni al arrendatario, sino a la sociedad toda.  Una de las características de una externalidad  negativa  es la inexistencia de señales de precios capaces de inducir a los agentes económicos a “ internalizar” dicha  externalidad (por ej: incorporar fertilizantes químicos  para compensar los nutrientes exportados) computando en sus planteos productivos los “costos sociales” en los que incurre, incorporándolos en su estructura de costos privados (Trigo y Cap, 2006).

Se considera que la tierra no debería sufrir “depreciación ecológica” ya que es posible implementar sistemas de manejo sustentables que compatibilicen la sustentabilidad económica con la preservación del recurso.  Las tecnologías conservacionistas están muy extendidas en Argentina y particularmente a partir de la difusión de la siembra directa que hoy abarca alrededor de 20 millones de hectáreas.  Otras tecnologías tales como la fertilización, sistemas de terrazas para control de la erosión, agricultura de precisión, cultivos de cobertura, intersiembras y fijación biológica de nitrógeno tienen un grado de adopción creciente.

Políticas de estímulo a la conservación de suelos

Para una utilización sustentable del suelo, que permita mantener o mejorar la calidad del mismo, se requiere de sistemas de producción que conserven su integridad como así también sus propiedades físicas, químicas y biológicas.

La ley 22.428 de Fomento a la conservación del suelo a la cual adhirieron todos los estados provinciales, constituyó un hito importante para fortalecer la actividad a nivel nacional,  promoviendo la realización de prácticas y obras en los distritos de conservación de suelos, como así también la investigación, experimentación y educación conservacionista.

Esta ley vigorizó en algunas provincias a los organismos designados como autoridad provincial de aplicación, lo que a posteriori culminó en la aprobación de legislación provincial sobre el tema. La Provincia de Santa Fé cuenta con la Ley N° 10.552 de Conservación y Manejo de Suelos que otorga una  reducción o exención del impuesto inmobiliario de hasta 10 años (extensible a 12 años) a quien realizara prácticas permanentes de conservación dentro de las áreas establecidas por la autoridad provincial y cuyos planes hubieran sido aprobados. Para prácticas semipermanentes la ventaja impositiva es de hasta 5 años y para las anuales no excede los dos años.

Un caso emblemático de política conservacionista lo constituye la provincia de Entre <ríos la cual como producto de una intensa y contínua  actividad desarrollada por las distintas instituciones, promulgó en 1989 la Ley provincial N° 8318 de Conservación de Suelos.  Esta Ley desgrava el impuesto inmobiliario rural a los productores que realicen prácticas conservacionistas.  Constituye un ejemplo concreto de ordenamiento territorial ya que el estado nacional divide su territorio en tres tipos de áreas: a) de conservación voluntaria,  b) de conservación obligatoria y c) de conservación experimental.  Las prácticas que se desgravan son:  terrazas para control de erosión hídrica, planificación conservacionista de la producción agropecuaria, control de cárcavas, represas para riego, drenaje agrícola, enmiendas orgánicas, siembra directa para control de la erosión hídrica, ordenamiento del desmonte y fomento del uso de pasturas.  Según estimaciones de la Dirección General de Recursos Naturales, Forestación y Economías Alternativas de la Provincia de Entre Ríos hay actualmente unas 400.000 has bajo este sistema de fomento, considerándose que los importantes logros obtenidos se atribuyen a que desde mediados de la década del 60 han interactuado en forma continuada, un conjunto de actividades de investigación, experimentación, extensión, difusión, capacitación y políticas de promoción (Paparotti, 2007)

Metodologías para evaluación de la calidad y productividad de la tierra

El conocimiento de los suelos, de sus características y limitaciones es fundamental para poder emitir  juicios sobre el uso y manejo de la tierra.  Uno de los instrumentos más idóneos para avanzar en el conocimiento de los suelos, lo constituyen los inventarios cuyos objetivos generales son los de proporcionar datos e información necesarios para interpretar y predecir el comportamiento de las tierras. Entre éstos relevamientos están, aquellos destinados a generar información con un grado de detalle suficiente como para asistir a productores agropecuarios y servir de base para la aplicación de políticas conservacionistas y/o impositivas.

Sobre los mapas de suelos se aplican sistemas de evaluación de tierras para usos agrarios que tienen como propósito predecir el comportamiento o aptitud para diferentes alternativas de uso.  Uno de los sistemas usados o difundidos es el Índice de Productividad  (IP) que tiene por objetivo incluir simultáneamente en un análisis cuantitativo a todos los factores que tienen mayor influencia sobre el resultado del uso de la tierra.  Estos parámetros son combinados mediante una fórmula matemática en la que los factores interactúan en forma multiplicativa,  obteniéndose un índice numérico de productividad de la tierra a nivel de unidades taxonómicas de los suelos y de unidades cartográficas de las cartas de suelos.

La determinación del IP tiene como objetivo establecer una valoración numérica de la capacidad productiva de las tierras, empleando la siguiente fórmula:

IP=  H. D . Pe . Ta . Tb  . Sa . Na. Mo . T..E

donde:

H: Condición climática (precipitaciones)
D: Drenaje
Pe:  profundidad efectiva
Ta: Textura del horizonte superficial
Tb: Textura del horizonte subsuperficial
Sa: Salinidad
Na: Alcalinidad
Mo: Materia orgánica
T: capacidad de intercambio catiónico
E: erosión eólica /hídrica actual

El índice calculado se interpreta como una proposición del rendimiento máximo potencial de los cultivos más comunes de la región, con un determinado nivel tecnológico de manejo. Expresado de otra manera, la diferencia a 100  del  valor obtenido, corresponde  al porcentaje de disminución experimentado en los rendimientos máximos debido al efecto de una o más características o cualidades (INTA, 1990).

Imágenes satelitales, mapas de suelos, Índice de Productividad (IP) y mapa catastral entre otras, pueden integrarse como  “ capas de información” en un Sistema de Información Geográfica (GIS) generándose de esta manera información a nivel de predio  o lote individual.  Esta herramienta puede emplearse para fines impositivos (determinación de la productividad potencial de la tierra), determinación de afectación por fenómenos climáticos (sequías, inundaciones , incendios) , emergencias agropecuarias, etc.

A nivel de terreno se puede evaluar la calidad y salud del suelo mediante muestreos que permitan efectuar un balance de las propiedades físicas, químicas y biológicas.  Para ello es conveniente establecer protocolos sobre indicadores de calidad edáfica entre los  que se pueden mencionar:  dotación de carbono orgánico (total y particulado), dotación de nitrógeno, fósforo y azufre, infiltración, densidad aparente, porosidad (total y aireación), humedad, resistencia a la penetración y respiración microbiana.  Esta información deberá completarse con datos de producción de materia seca, rotaciones e insumos empleados.  El Instituto de Suelos del INTA ha desarrollado una valija de campo para evaluar calidad y salud del suelo que permite la evaluación “ in situ” de una  buena  parte de los parámetros consignados (Moscatelli, 2007)

La preservación de la calidad y salud de los suelos como oportunidad para la Argentina

Uno de los desafíos más significativos que afronta la humanidad es la degradación de los recursos naturales y principalmente la degradación de los suelos cultivados. Alrededor de 2000 millones de hectáreas están deterioradas en forma irreversible y de las 1700 millones restantes, un 60 por ciento (1000 millones de hectáreas) poseen procesos degradatorios de moderados a graves, que afectan anualmente entre 5 y 7 millones de hectáreas de tierra productiva.  No se termina de comprender en su verdadera dimensión que la vida sobre la tierra depende en gran medida de las diferentes funciones cumplidas por la delgada capa de suelos, que asegura la provisión de alimentos, el uso sustentable del agua, la conservación de la biodiversidad y el control del clima global ( Casas,2000).

En los próximos años continuará la demanda creciente de alimentos, energía y materias primas. En este contexto se ubica el desarrollo sostenido de países como China y la India que en conjunto, reúnen 2500 millones de personas. Por otra parte, se  registra EE.UU.  con niveles record de consumo que compite seriamente con el desarrollo proyectado para los países asiáticos (World Watch Institute, 2006).

Un breve análisis de la situación de la agricultura en el mundo, permite advertir un aumento de las  presiones de las sociedades por alcanzar un ambiente más saludable. Esta situación conlleva a la definición de políticas ambientales que incorporen el costo ambiental a la contabilidad pública, valorando los bienes y servicios producidos por los distintos agroecosistemas.  En otras palabras, en los países del primer mundo y particularmente en Europa, los servicios ambientales están tomando importancia creciente en la valoración por parte de las sociedades y los gobiernos. En este marco de agricultura multifuncional, tan importante como la producción de alimentos y fibras, es la conservación de bosques y humedales, por su importancia en el ciclo hidrológico, captura y balance del carbono atmosférico, conservación de los suelos y bosques, biodiversidad, etc. Cada vez se visualiza con mayor claridad el alcance “global” de los fenómenos ambientales lo que significa que el mal trato a los recursos naturales en un lugar remoto afecta al conjunto de los países del planeta.  Ello es particularmente importante en la emisión de gases de efecto invernadero,pero también pueden mencionarse los procesos de erosión y sedimentación,desmontes e inundaciones y  contaminación de acuíferos de cuencas comunes. Nace así el concepto de “negligencia ecológica” por el cual los países deberán responder ante otros países `por daños que pudieran causar al ambiente por decisiones tomadas en sus territorios. Los países mas avanzados en materia ambiental apuntan a unificar el manejo del ambiente en sistemas integrados de gestión ambiental mediante los cuales las empresas y organizaciones sociales administran sus impactos sobre el mismo (Viglizzo, 2006).

Las tendencias mundiales que se observan en los últimos años señalan que la gestión ambiental en los países, tendrá consecuencias directas y prácticas sobre el intercambio comercial que puedan llevar a cabo. La adecuada gestión del ambiente  y uso de los recursos naturales será una exigencia del comercio internacional, por lo que los países que apliquen políticas ambientales rigurosas, exigirán que también lo hagan el resto de los mismos, a riesgo  de impulsar sanciones comerciales.  La situación planteada no debe considerarse como una amenaza sino como una oportunidad para la Argentina.  Si somos capaces de actuar rápidamente en la formulación y aplicación de políticas ambientales consistentes, seguramente obtendremos ventajas comerciales a futuro. La valoración creciente de los recursos naturales y la gestión del ambiente por las sociedades del mundo  están señalando  el rumbo correcto, no solamente por la “cuestión ética”, sino porque en los próximos años se convertirá en una exigencia del comercio internacional.

Conclusiones

El análisis de la evolución de la calidad del suelo, especialmente en la región pampeana, demuestra que  han alternado períodos de incremento de la vulnerabilidad con períodos de mejora de la calidad, en función de los sistemas de uso del suelo y tecnologías empleadas.  Si bien se admite que en el pesado estos ciclos causaron en general un descenso de la calidad de los suelos en relación a su condición inicial o pristina, también es cierto que las modernas tecnologías del 90, de la mano de la siembra directa, permitieron una franca recuperación de las propiedades químicas, físicas y biológicas. Esta situación determina que sea muy difícil justificar la degradación y por lo tanto la pérdida de valor de la tierra, ya que las nuevas tecnologías permiten incluso mejorar la calidad del recurso, circunstancia por la cual se considera que la tierra no debería sufrir “ depreciación ecológica”.

Existen metodologías para evaluar la calidad y productividad de la tierra de utilidad agronómica y que pueden servir como base para mejorar la política tributaria.  Los indicadores de calidad y salud determinados en laboratorio y a campo permiten medir la evolución de  las propiedades del suelo en relación al uso o a fenómenos naturales tales como inundaciones, salinización, etc, siendo adecuados para efectuar “balances” de las propiedades del suelo. A su vez el Índice de Productividad es un sistema de evaluación de tierras que permite establecer una valoración numérica de la capacidad productiva de las mismas.

Se hace necesario formular políticas consistentes de conservación de los suelos que contemplen el ordenamiento efectivo del territorio por parte de las provincias y el cumplimiento de las leyes vigentes sobre el uso de los recursos naturales.  Siempre será conveniente cerrar las brechas productivas en los mejores suelos y ambientes, disminuyendo la “presión” sobre los ecosistemas más frágiles. Existen actualmente en la Argentina los conocimientos y tecnologías disponibles como para desarrollar una agricultura de alta producción y sustentable. Sin embargo se deberá continuar trabajando para lograr en el menor plazo la toma de conciencia por parte de la sociedad acerca de la necesidad de conservar los suelos y los recursos naturales. Ello nos asegurará un rol estratégico como país productor de alimentos, pero también producir respetando las normas ambientales, cada vez más valoradas por las sociedades del mundo y que sin duda condicionarán el comercio internacional futuro.

Bibliografía

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